Usted no está habilitado para ver este blog

Conteste la siguiente pregunta para ingresar.

El nombre de este blog al comienzo era (en minúscula):


 

Si desea ingresar y no conoce la respuesta, envíeme un mail a martin.b.ludwig@gmail.com(incluso si es anónimo). Si, por otra parte, ud. sabe hacer algo más con la computadora que leer mails, probablemente ni necesite esa ayuda.

SUPERFICIALIDAD

"Sólo los superficiales no juzgan según las apariencias"

viernes, julio 17, 2009

Pos

Luego de la intensidad, parece quedar únicamente espacio para el tiempo muerto. Limpiamos y juntamos las copas; ordenamos los recuerdos a la espera de que la historia sedimente.

domingo, junio 21, 2009

Voyeur

Es que siempre hay una mirada. No podemos siquiera imaginarnos cómo sería el mundo sin una mirada. Camino algo agazapado: no estoy a la altura de mis pensamientos. Sin darme cuenta, llego al kiosko. Pido y noto algo extraño en mi tono de voz: esa voz no es mía. Me sorprendo: ubico la voz en el registro de cómo creo ser visto.

miércoles, junio 10, 2009

Bueno

No sólo tiempo, también ideas.

martes, junio 02, 2009

Ninguna novedad

Los que nos hacemos los escépticos, somos siempre los que tenemos las fantasías más absurdas (sobre todo en los vínculos interpersonales). Quién sabe si una cosa no es causa de la otra.

lunes, junio 01, 2009

Feliz

Mucho gusto a alcohol en la boca.

De los últimos días, algunos recuerdos algo confusos. Una persona me decía patético en la puerta de un evento social, creo que el jueves. Me cuentan lo que hice acá o allá. Ya ni siquiera me preocupa.

El frío nos encierra en nuestros pensamientos.

Mi cuerpo me pone un ultimátum.

miércoles, mayo 27, 2009

Sobre la justicia

¿El suicidio puede ser ocasionalmente entendido como justicia por mano propia?

lunes, mayo 25, 2009

Subject: fenomenología de la crisis moral y "el que mata debe morir"

From: R C V
To:martin.b.ludwig at gmail dot com
Subject: fenomenología de la crisis moral y "el que mata debe morir"
Date: Sat, 23 May 2009 13:24:13 +0000 (10:24 ART)


Martín,
No he podido resistirme a responder a ese magnifico post tuyo. Te felicito porque tienes la habilidad de plantear las preguntas adecuadas cuando escribes. Te perdono el lenguaje filosófico, jaja.
Te respondo por mail porque se me ocurría una respuesta bastante larga y porque en realidad sólo quiero tener la conversación contigo. Ahí va:

Las notas que presentas como origen o ejemplo de tu reflexion representan los hechos y la construccion socialmente aceptada sobre propiedad y cumplimiento del deber en el trabajo. En ambas notas hay ladrones de tiendas y se explica la situación laboral de los protagonistas, y asumimos que lo que hacen está mal porque atacan a la propiedad privada (los ladrones). Nos falta información de cómo se desarrollaron exactamente los acontecimientos, pero mi análisis con lo disponible es: En el primer caso alguien sin responsabilidad (no legal, aunque sí moral) asume defender la propiedad y el trabajo de otro, y nos parece triste que pierda su vida. En el segundo caso alguien prolonga su ejercicio de vigilancia de la propiedad fuera de su trabajo y castiga a los ladrones, y nos parece justo. Craso error.
Voy a ser mala y voy a decirte que el primer tipo me parece un idiota: si unos tipos entran a robar a la tienda donde trabaja tu novia, que se lleven lo que quieran: arriesgar tu vida, la de ella, la del bebé y el puesto de trabajo me parece ridículo, sólo por defender la propiedad de una persona que seguramente está a kilómetros de allá y que no le importa una mierda lo que os ocurra (en lugar de preocuparse en defender sólo a la chica, aunque no sé cómo ocurrió). Me gustaría saber qué pasa ahora; lo que nunca dicen los diarios es si el dueño de la tienda ahora le reconocerá su sacrificio y ayudará a la chica; permíteme dudarlo. Normalmente el que los pobres defiendan la propiedad que no tienen sólo les sirve para enterrar a sus amigos.
En segundo lugar un vigilante fuera de sus horas de trabajo se autoproclama policía, y mata de nuevo a unos usurpadores de la propiedad ajena. No defiende su puesto de trabajo ni el de nadie conocido. Desconozco el estatus jurídico de los vigilantes de la Quinta de olivos, pero el titular da a entender que no está de servicio. O sea que mata a un pobre tipo porque "siente que debe". No obedece órdenes, ni cumple con su trabajo. A mí este señor me da miedo. Se me ocurren cien casos en los que podría haberla cagado. Se me ocurren cien casos en que sentirá que debe remediar otras situaciones de ilegalidad.
A lo que voy es que argumentar la defensa de la propiedad privada ajena como causa del asesinato de otra persona (a título individual o estatal) es un argumento terriblemente conservador. Está poniendo los objetos y los títulos de propiedad por encima de las personas. También me parece terriblemente perverso: el estado no hace nada para remediar los niveles vergonzosos de pobreza y analfabetismo, pero castiga a quienes atacan la propiedad para salir de ello o para vengarse. También me parece terriblemente peligroso: alimenta los deseos de muchos anónimos de excederse en su uso de las armas para "hacer justicia".
Por otro lado, tu primer párrafo remite a una conversación mantenida con gente de tu entorno (qué amigos* tienes?) en la cual se oyeron argumentos a favor del ojo por ojo. Es un argumento sencillo y falaz. Construir nuestra legalidad a partir de un hecho impactante o doloroso es tan erróneo como invadir un país a causa de un ataque terrorista: está hecho desde el odio y la venganza, para contrarrestar el impacto mediático y restablecer el orgullo de quién está en el poder. Pero no busca una solución real para el origen del problema.
Las leyes, si se necesitan, deben redactarse desde la frialdad y la objetividad, con un análisis claro de las raíces de los problemas que se plantean y un verdadero propósito de solucionarlos. Lejos de noticias escandalosas, padres indignados y demás malos consejeros. Si no es así, estamos construyendo un sistema arbitrario y desproporcionado de leyes, que no ayuda a nadie, que no proteje a nadie, que no resuelve nada.
Cuando se habla de los ladrones, se piensa en sus motivos? se piensa en como consiguieron las armas? se piensa en sus familias? No. Entendemos el concepto como un bloque: es pobre-no trabaja-ataca la legalidad: merece su vida- merece castigo.
La muerte en ciertos casos como "mal menor"... no me convence: si la muerte de un ladrón es un mal menor en pos del mantenimiento de la propiedad y de la ley y el orden, entonces las muertes de desnutridos son un mal menor en pos del desarrollo económico? De nuevo cosas antes que personas. Si la población no está bien, entonces nada va bien. No hagamos política social desde arriba.
Demos gracias a los medios por reforzar esta imagen. Quizá en argentina sea más fácil entender las motivaciones del ladrón y sea mayor el miedo a que te disparen en la cabeza por nada. En España no es así, se entiende que el que roba elige "la vida fácil". Y como las armas no son fáciles de conseguir (mañana quién sabe) siempre hay gente dispuesta a enfrentarse. Sin que esto cambie el hecho de que es la misma estupidez aquí o allí jugarse la vida por algo que no es tuyo y que no tiene valor "real", sólo monetario.
[Parentesis para ejemplo-anecdota: hace dos semanas entraba con mi hermana en el supermercado al lado de casa, barrio medio-alto, justo en el momento que un ladrón salía corriendo a velocidad de récord (realmente admirable!) con una botella de whisky escocés de 25 euros bajo el brazo. Resultado: una quincena de empleados saliendo del supermercado gritando insultos para perseguirle, sin éxito, abandonando las cajas y la vigilancia de las puertas, en plena hora punta y con la tienda llena de gente. Caras de estupefacción y comentarios de incomprensión generalizada.] - La pérdida de empleos está haciendo aumentar los robos en supermercados, dentro de poco veremos las consecuencias en los sistemas de seguridad-
Mi punto es: al Estado, a los grandes propietarios, a las grandes fortunas, a los conservadores, les conviene todo esto. Simples empleados arriesgando su vida por defender sus intereses, grandes manifestaciones populares reclamando mayor seguridad, aumento de controles policiales, endurecimiento de leyes y penas, demonización de la pobreza, electorado no reflexivo sino impulsivo, canalización de la agresividad y el odio hacia sectores incapaces de defenderse o hacia hechos sin transcendencia, no hacia enemigos reales. Gracias de nuevo a los medios por favorecer todo esto. Gracias por hacer una bola de un hecho aislado. Gracias por la des-información inconexa, incompleta y tendenciosa. Gracias por ser los voceros de vuestros propietarios.
Yo personalmente no soy defensora de la no violencia ni de la innacción, y tampoco de la pena de muerte, pero creo que nos estamos equivocando en los objetivos y las reflexiones. El análisis me parece más sencillo para mí porque estos temas no me tocan tan de cerca, pero reconozco que me sería difícil calibrar el castigo para el violador de una amiga, por ejemplo. Por eso creo que esperar al momento en que eso ocurra para establecerlo es lo peor que puedo hacer. No sé si soy progre o qué. Para mí todo esto viene de un sistema enfermo en sí mismo, incapaz y sin deseos de resolver sus gripes. La solución pasa por algo más complicado que matar a alguien o meterlo en prisión para su "reinserCión", pero esto es otro tema muy amplio... para otro día.
No creo que haya que ser condescendiente con las opiniones de nadie, a menos que claramente sepas que hablan así por incultura, ante lo cual, puedes elegir ilustrar o no. Desconozco el oficio del filósofo.
Muchos besos y espero haberte aportado algo
R


* R acá creyó que "Su" (Susana Giménez) era una amiga mía. Se ve que el éxito de Su no llegó a España.

viernes, mayo 22, 2009

Fenomenología de la crisis moral y "el que mata debe morir"

Por supuesto, cuando Su dijo "el que mata debe morir", las aguas se dividieron según lo previsto: de un lado, los progres (como yo), que creemos en la libertad respecto del Estado, que creemos que -como dice ese soberbio Sean Penn atado a una camilla con forma de cruz- "matar está mal, la haga yo o lo haga el Estado", los que creemos que la pena de muerte ha demostrado -estadísticamente- no disminuir el crimen, los que creemos que el sistema penitenciario debe ser de corrección o reinserción y no castigo, no de venganza; del otro lado, los fachos, los mano-dura, los que se quedaron en el ojo-por-ojo, los Blumbergs. Como es obvio, yo no quiero ser facho. Ellos, por su parte, dicen ser realistas. Nosotros, los progres, los miramos con condescencia.

Recién leía el diario. Una conocida frustración me invadió al toparme con esto:


Terminé la nota y seguí. Segundos después, me encontré con esto otro:


Por supuesto, la redacción de los títulos es tendenciosa. Ni tiene sentido que me detenga a repasar los claros signos que buscan un efecto distinto en cada nota. Lo que me llamó la atención fue darme cuenta de que, fenomenológicamente, la segunda no sólo me perturbaba menos que la primera, si no que también tuve cierta sensación de justicia. No se me entienda mal: si uno lee la segunda nota, advierte que no hubo defensa propia (el policía en cuestión los persiguió cuando vio que escapaban). Mi percepción vino de la mano de un pensamiento del tipo "se lo buscaron", la contradictoria reacción parecía desprenderse de un argumento que remitía a pasajes lockeanos (¿la propiedad entendida como parte esencial del sujeto, la enajenación como causa justa de homicidio?). Luego, contra mí mismo, en el segundo caso la muerte parece volverse -en una medida por precisar- justa; un acto de justicia, no distinto cualitativamente al de la pena capital. Lo más tensionante es que no se me hace imposible el sostenimiento del rechazo a la pena de muerte y la aceptación de estos casos como, en algún extraño sentido, un mal menor -¿utilitarismo?-, el acto menos injusto en una situación ya incapaz de la justicia*.

Es difícil ser, todo el tiempo, progre como uno.

* Pero es justamente en estas situaciones donde tener una idea precisa de lo justo es absolutamente necesario. Es a partir de contextos como éste que empezamos a hablar de justicia.

Ostranenie geek




Hace ya un tiempo largo que no uso güindous si no Ubuntu (una distribución muy difundida de linux). Sin embargo, en mi vieja computadora tengo todavía un brontosaurio de Bill Gates, el cual utilizo para pasar música y otras cosas por el estilo (Vuze, Emule, servidor de archivos, impresión, etc). Lo manejo desde el famoso "Terminal Server Client", una ventanita en mi laptop en la cual aparece el escritorio de la otra compu tal como si estuviera sentado frente a ella.

Recién, la falta de hábito me llevó a detenerme en el texto que aparece debajo de cada ícono de carpeta. ¿Es que alguien, sumergido en las posibilidades creativas de los billones que ha producido Microsoft, alguna vez creyó que eso era de algún modo informativo*?




* Sí, ya sé para qué lo ponen. Pero no me jodan, es ridículo.

viernes, mayo 15, 2009

Alta reflexión (I)

El suicido se presenta a veces como una posibilidad antropológicamente más económica que suprimirle la existencia a todos los seres humanos que son necesarios para que el mundo de la propia experiencia sea algo más tolerable.

domingo, mayo 10, 2009

Deconstructing M (otro M)

Hace unos meses M. me pasó su novela por mail. La situación venía algo rara, porque él solía leerme pasajes mientras la iba escribiendo y, sin embargo, cuando la terminó no me mandaba el archivo; para peor, otras personas a las cuales sí se lo había enviado me decían que un personaje llamado igual que yo aparecía muchas veces. Con esto en mente, cuando abro el archivo lo primero que hago es poner en el buscador mi nombre. Las sospechas respecto de lo que decía acerca de mi persona eran, como es fácilmente previsible, fundadas.

Lo llamo y le digo que quiero hablar con él. Vamos a un bar a tomar una birra. Llegamos al tema en cuestión:

- Las veces que hablás de mi relación con X o de mi relación con Z, siempre terminás valorándome como la mierda. La verdad es que me rompe las bolas.
- Ay, Ludwig -me responde-, es ficción: me sorprende que no sepas distinguir entre la realidad y la ficción.
- A ver, M., sé distinguir entre la realidad y la ficción, y sucede que todas las cosas que contás ahí sobre mí son cosas que de hecho pasaron en la realidad. Pero el punto ni siquiera es que yo no quiera que cuentes cosas mías privadas: eso no me importa. Lo que me llama la atención es que pienses esas cosas sobre mí, que me valores así. Parece que creés que soy una mierda de persona.
- No, nada que ver Ludwig. Nosotros te queremos un montón. No seas boludo. Si querés que saque algo de la novela, lo saco.
- Che, no pasa porque saques o no nada. Vos podés poner lo que quieras, lo que vos escribas no es mi problema. Lo que me jode es que vos pienses eso de mí.

La situación queda ahí, luego de lo cual casi ni volvimos a vernos o hablar. Meses más tarde, la novela sale finalmente de la imprenta. Al poco tiempo, me lo cruzo junto con unos amigos. Me dice:

- Ludwig, finalmente saqué una de las cosas que te molestaba de la novela.
- Pero te dije que no saques nada, ¿no te acordás? - le respondo-. De cualquier modo, ¿qué sacaste?
- Saqué eso de que cuando te conocí tenía ganas de acostarme con vos.
- Jamás te dije que eso me molestara.
- ¿Ah, no?

miércoles, abril 29, 2009

Faltante

Como dice Pier, se necesita tiempo.

jueves, abril 02, 2009

Call slowly

Cuando -luego del estruendo de las relaciones- uno pasa al estado de silencio, advierte con horror la inmutabilidad del teléfono. Esto no sólo angustia, sino también desespera hasta la representación de la valía de uno mismo mensurada en rings. El período puede durar mucho o poco, puede ser destruído o no por la irrupción de la presencia ajena señalándole al zoon-patetikós que es objetivo -que es algo-, dados los mecanismos operantes en la constitución interpersonal del mundo. Es difícil, para muchos, someterse a la espera que esta situación produce. Pero si, por el motivo que fuere, el sujeto se resigna a este estado de cosas, sucede algo inesperado. Luego de horas -o días- de homogéneo discurrir temporal, el aparato puede recordarnos su existencia. Y, si el individuo en cuestión ya ha atravesado exitosamente la angustia e incluso la resignación, puede entonces no estar interesado en esa mirada arquitectónica. Puede, es más, no sólo no atender, si no también no preocuparse por quién era el que llamaba.

miércoles, marzo 25, 2009

Radiohead en Argentina

Bueno, publico brevemente y a pedido algunas impresiones sobre el show de hoy. Yo había ido medio a desgano: hace 15 años que no asistía a un recital en una cancha y, por la desprolijidad de ciertos videos piratas y grabaciones ídem, no le tenía mucha fe a la que es mi banda favorita hace años. Sin embargo:

1) Tocaron con un profesionalismo increíble.
2) Negando otro prejuicio que yo llevaba, le pusieron una polenta tremenda.
3) Luces y sonido, diez puntos. Más también. Ni una acople, todo se distinguía nítidamente. Las luces, qué decir: no me imagino algo mejor.
4) La lista de temas, intachable (salvo el último...*).
5) No sabía lo bueno que podía estar ir a un recital en una cancha hasta este show.
6) Hoy me terminé de dar cuenta: Radiohead no es depresivo. Para nada. La energía que transmitieron hoy en vivo es completamente incompatible con esa afirmación.

* Para Pailos.

jueves, marzo 12, 2009

El braile y el cuerpo (parte II)

(Continuación de este texto.)

[Debería corregirlo mucho, pero sé que estedes me ayudarán con eso.]


Parte II (ahora sí.)


Cuando ella se vaya, supongo que me iré a dormir al toque. Hace un rato que tomé por última vez, así que sospecho que no voy a tener ningún problema en lograrlo. No debería dormir mucho, si no mañana me voy a despertar a cualquier hora. Sea la hora que sea, me pondré el despertador para que suene cuatro horas después. Ahí voy a tener que comer. Me baño. Tomo un ibuprofeno, un poco más de ranitidina y un alprazolam o un clonazepam (no estoy muy seguro qué me quedará a esta altura). Ah, pero está Noelia. Voy a tener que despertarla. Espero que no le joda. ¿Habrá Dexalergin? Voy a tener la nariz toda rota. No me tengo que olvidar de lavármela con agua antes de dormir. Se me cierran los ojos, mierda. ¿Y si la mando al carajo y listo? Total, probablemente no la vea nunca más en mi vida. ¿Qué mierda le habrá pasado, de cualquier modo? Antes estaba como loca, parecía más bien de bicho que dura por lo feliz que se la veía. Qué raro cómo se puso. Los ojos se me cierran. Empiezo a ver cosas. Imágenes hipnagógicas. Me lo dijo Romina, hace unos años: es como soñar con los ojos abiertos. Me pasa siempre cuando ya estoy reventado, como ahora. Por Dios, que alguien le explique a esta mina que yo no tengo la culpa de su culpa. Ella quiso venir. Ni siquiera fue idea mía, por favor. ¿Qué tengo que hacer mañana? Ah, sí, la reunión. Después fútbol y a dormir. Me va a doler todo, la puta madre. ¿Sigue hablando esta pelotuda? No puedo creer lo que está pasando. Ahora me pregunto si era tan fea antes o simplemente la estoy viendo así. Es increíble lo horrible que se puede volver la gente cuando se pone estúpida.


- Tengo mucho sueño -le digo-; en un rato me gustaría dormirme.

Me mira. Alcanza a susurrar algo y luego un por favor. La verdad, lo inverosímil no tiene límites. Diría que es porque está puesta, pero a esta altura ya no puede ser. Permanezco en silencio unos segundos. Bueno, me consuelo finalmente, si se va a quedar me tomo lo que me queda. No quiero quedarme dormido con una psicópata al lado.


- No, pará -le contesto-: no dije que ya mismo te tenías que ir.


Sin embargo, está a punto de llorar de nuevo. Juro por todo lo que es valioso en este mundo que la sacaría del cuello. En este momento, pienso que los hombres primitivos eran realmente más sabios.


Me levanto del futón y, sin volver a poner los ojos sobre ella (no quiero ver su llanto de nuevo), agarro el pantalón y entro al baño. Me miro en el espejo: tengo el pelo parado, desarrollando una suerte de remolino que se estructura con leyes adversas a la gravedad. Los ojos fijos, sin expresión. Algo anda mal con mi boca, con la posición de mis labios. No me reconozco, no siento que ésa sea mi cara.


Saco del pantalón la billetera y de ahí el ticket del supermercado. Miro a mi alrededor. Agarro la caja de repuestos de la maquina de afeitar y una tarjeta. En el ticket hay bastante, para sacar por lo menos tres rayas considerables. Pongo la mitad sobre la caja. Armo una y me la tomo, porque después de la noche que pasé, sé que un poquito no me va a hacer nada. Espero a que baje por la garganta, espero sentir el gusto amargo, pero no pasa nada. A esta altura, ya tengo todo tapado. Me pasa bastante esto; a veces fantaseo que es a causa de mi sinusitis: como si se fuera todo por los conductos paranasales para no volver nunca más. Pienso que hay que destapar, que no queda otra. Inclino la cabeza, abro la canilla del lavamanos, mojo un dedo y dejo caer una gota por la fosa nasal. Luego de unos segundos, la gota baja por mi garganta y me agarra una arcada, que contengo. Con ella, algo de la buscada amargura. Del otro lado de la puerta, escucho ¿estás bien? Le respondo que sí. Que ahí salgo. Me mojo la cara. El gusto llegó, sí, pero el efecto no. Si es así, no tiene sentido dejar nada para después: en un rato me va a pasar lo mismo. Mejor conseguir algo ahora y no dos nadas repartidas. Dejo caer lo que queda sobre la caja. Armo rápido otra y la tomo. Me meto un par de gotas más de agua por la nariz, contengo nuevamente las arcadas y salgo.


Ella está sentada sobre el futón y tiene la remera puesta. La miro y, a pesar de que tiene los ojos rojos, no parece estar llorando. Más bien, parece preocupada por mí.


- ¿Vomitaste?


Pienso qué responderle. En el fondo, me doy cuenta de que es una oportunidad: tiene que entender lo cansado que estoy. Le digo que sí, pero que fue bueno. Que estoy mucho mejor así. Me siento al lado de ella y advierto, abruptamente, que estoy súper puesto, lo cual aumenta mi humanidad y mi empatía.

- ¿Por qué te pusiste mal? - le pregunto finalmente.

- Es que yo no soy así.

- ¿Pero qué es “así”? -interrogo nuevamente- ¿Te referís a las drogas o al sexo?

- El tema es que... -mira hacia abajo y luego vuelve a mirarme a los ojos- el tema es que yo tengo novio.

- Bueno, pero esto es algo ajeno a él -soy un exquisito argumentador-, esto no pasa por el amor. Con él sí tenés eso. Y esto es algo que probablemente con él no puedas hacer con él, pero que querías hacer.

- Pero... -repite el movimiento anterior de la mirada, como si fuera la única posibilidad de expresión que tiene su cuerpo, que ahora es una pequeña aglomeración de autocompasión-, yo no quería realmente esto.


Me quedo callado. Claro que ella quería esto. Ella provocó todo esto, de hecho. Cuando salimos de Levitar fuimos directo a Miloca, en un movimiento clásico de la noche de Palermo (el tour es incompleto, porque suele comenzar en Kim y Novak y luego sigue para Levitar). Miloca es el último reducto de la noche porteña: el estertor de los agonizantes que no quieren quedarse encerrados en sus casas sabiendo que no van a conocer a nadie y que no van a coger; que su noche fue, esencialmente, otra noche perdida más. Miloca es como el patíbulo de la fantasía moribunda que produce drogarse. Después, si finalmente no conociste a nadie pero te quedó algo, sólo resta encerrarse en una casa y seguir hasta el final, ya sin esperanzas, sin más ideas que simplemente estar cada vez peor, más arriba, amordazando cada segundo la voz que te dice que nunca deberías haber empezado. Sólo hay dos propiedades que logran que Miloca sea así: el hecho de que cierre a las 10 de la mañana -tres preciosas horas más tarde que cualquier otro bar- y unos gordos de seguridad instruidos para no molestar a la gente que toma: el baño, un lugar vedado para los guardias, rara vez es usado para aligerar el peso de los cuerpos de los clientes.

Llegamos y fuimos al patio. Noelia estaba con Runaway, un DJ que algunos dicen que se parece a mí, y su novia. Había una larguirucha con ellos, pero yo no la conocía. Saludé a todos y, obviamente, les pregunté si quedaba algo, sabiendo que la respuesta era afirmativa. Tomamos un poco más, ya sobre las mesas, y me fui a dar vueltas, a ver si encontraba a alguien para -al igual que todos- no terminar creyendo que mi noche se había desperdiciado.

Adentro, como es usual, la gente estaba perdida. Algunos bailaban, si es que realmente es posible llamar así a los movimientos insalubres que realizaban, y la mayoría permanecía quieta, con los ojos -cuando éstos no estaban cubiertos por anteojos de sol- como una imitación de cualquier personaje de Matt Groening. Reconocí a muchos rostros de nuestra estadía en Levitar. A otros, de noches anteriores. Somos pocos, a pesar de todo.

En algún momento, Noelia apareció, casi caminando en el aire. La rubiecita me transó. ¿Qué rubiecita? -pregunté. Me dijo quién era, me la describió con algún detalle, pero no tenía la más pálida idea de a quién se refiería. Aparentemente, Noelia le pidió para tomar y la rubiecita se la llevó al baño y se cobró un peaje al borde del cunilingus. Lo cual no perturbó a Noelia, dados los síntomas perceptibles. Y entonces, apareció ella. La rubiecita. La que horas más tarde lloraría en mi habitación y me volvería loco. Apareció con cara de querubín y se dirigió hacia una morocha que estaba a mi lado. Noelia ya había vuelto a la vera de Runaway y su mujer. Yo sólo era capaz de un pensamiento: la rubiecita tenía. Oh, sí, claro que tenía. A mi lado, su víctima le hablaba con cierta distancia. La rubiecita se acercaba y la morocha parecía no entender que la querían ensartar a tijeretazos. Hasta que en algún momento el beso fue rechazado y, en el mismo movimiento, la acosada desapareció, plagada de interrogantes sobre la sexualidad humana. Miré a la rechazada. Estaba ahí, estaba en pena, estaba sensible: era mi entrada en la escena.

- Tenés que hacerte desear más – le dije finalmente.

Ella me miró y me sonrió. Por supuesto, percibió el extraño lugar que le estaba cediendo: yo no era un macho más que la miraba con objeto de ensuciar mis partes en ella. No. Yo la trataba como amigo: como un camarada. ¿Cómo es eso? Listo: me explayé larga y eruditamente sobre las diferentes teorías -que nunca pude aplicar- sobre el manejo del deseo propio y ajeno. Desarrollé, con bastante facilidad e imprecisión, algunas extrapolaciones de la teoría de oferta y demanda al marketting de la propia capacidad sexual. Ella y yo escuchamos mi discurso sin entenderlo del todo, pero fascinados.

Finalmente, se peinó un par de rayas en su propio escote -era una de las superficies más salientes del lugar- y yo me retiré, satisfecho y durísimo.

Fui a la habitación chica de Miloca, la de al lado de la puerta. Runaway, su mujer, Darío y Noelia picaban más sobre una mesa, mientras discutían acaloradamente sobre las verdaderas causas por las cuales una persona se permite tener hijos. Hasta lo que sé, ninguno de ellos tiene, por lo cual no terminé de entender de dónde sacaban tanta información. Sin embargo, esta carencia menor no restaba ni una pizca de vehemencia a sus ponencias. En algún momento, me perdí -si es que no fueron ellos- respecto de cuál era la posición de que defendía cada uno y sólo pude mantener la forma general y consensuada, según la cual tener hijos no estaba bien, pero al final había que hacerlo, aunque tampoco era muy claro por qué. A lo largo de la discusión, el polvo de la mesa fue desapareciendo, pero nadie parecía reparar en mi presencia y mis más profundas necesidades: me sentí solo, claro está. Miré la hora en mi celular: las diez de la mañana. La luz entraba por la persiana de la habitación chica y creaba líneas de un explosivo amarillo sobre las figuras de cada uno de ellos.

No sé cuándo, un nuevo personaje surgió: una petisa bastante desagradable, con corte de guerrero mohicano, que a todas luces me pareció torta -por supuesto, más tarde sabría que me había equivocado. Darío se volcó hacia ella, casi por reflejo. El grupo comenzó a disgregarse y Miloca ya estaba casi vacío. Alguien dijo que nos fuéramos a otro lugar. Pero no había otro lugar: sólo podría ser una casa. Ahí el travesti mohicano cobró relevancia: era dueña de un bar. Podía abrirlo, para nosotros. Pero yo sólo quería que todo esto terminara. Quería el clonazepam, el alprazolam. Quería la paz, la salvación y la mañana siguiente: el día ya estaba obviamente perdido. Salimos a la puerta. La rubiecita estaba hablando con Noelia. Darío me preguntó qué iba a hacer. Ya fue, a mi casa. Miró en dirección a mí sin mucho más interés y comencé a despedirme de todos. Noelia, sin caer en que me iba, me dijo la dirección del bar. No, me voy -respondí. ¿De verdad? Mirá vos qué bien, qué muchacho responsable. La saludé y me fui hacia la avenida Córdoba, a buscar un cajero, porque ya no me quedaba un peso.


- Claro que querías esto – le digo finalmente-, vos produjiste esto.

- ¿Eh? - me mirá sorprendida- ¿qué decís?
- Lo que estoy diciendo, querida, no te hagas la pelotuda -digo, ya incontinente. Una cantidad algo sorprendente cae por mi nariz hasta mi garganta y me veo obligado a contener una nueva arcada.

Ella suma a su sorpresa anterior la que le produce mi movimiento brusco y no sabe qué responder. Por lo pronto, no me interesa que responda nada. Tengo una ligera taquicardia. Sin mucha cortesía, le saco el whisky de la mano y me lo termino de un trago: lo necesito para bajar. Conozco el estado y trato de calmarme: si pienso en esto es peor. Ya se va a pasar, siempre se pasa. Así es la taquicardia. Lo importante es no pensar. Aunque nunca había tomado Viagra antes, a decir verdad, y entiendo que no son de los mejores amigos que hay. Un fernet: eso sería rápido. Me paro y pongo, con alguna dificultad, fernet en un vaso. Ella realiza afirmaciones detrás mío, pero no logro entenderla. Saco la coca-cola de la heladera y sirvo. Al hacerlo, noto que mis manos tiemblan. Tiemblan demasiado, para qué mentir. Sacar los hielos se ha convertido en una empresa imposible. No importa. Me tomo el vaso de un trago. Prepararía otro, pero comienzo a sentir que mi peso es demasiado para la capacidad actual de mis piernas. Miro el futón nuevamente y voy hacia él, pero paso a paso éste se vuelve algo impreciso en mi campo visual. Al final, sé táctilmente que he llegado a él. Ella dice cosas, pero no las logro entender. Por momentos, creo que voy perdiendo la conciencia. El mareo se hermana con un fuerte dolor de cabeza y cierta náusea intermitente. Cualquier intento de modificar las posición de mis miembros parece totalmente condenado al fracaso. Las imágenes que transmiten mis ojos comienzan a mezclarse con las que únicamente son producidas por mi cerebro.

- Alplax o Rivotril – afirmo sin saber de dónde saqué la fuerza. Veo, o creo ver, que ella se pone frente mío. Dice algo, pero las palabras no me llegan. Respiro lo más profundo que puedo y algo de lucidez reaparece un segundo. ¿Dónde están? Eso me está diciendo. Digo, o creo decir, alacena. Supongo, quiero suponer, que ahora se levantó y está buscándolos. Es igual. Si no lo hace, tendrá que venir la ambulancia tarde o temprano. Supongo que no cargará con la culpa de un muerto en su conciencia. No es lo mejor, pero prefiero la ambulancia al pijama de madera. Llegan, me inyectan alguna maravillosa benzodiacepina, y listo el problema. Aunque algo está como explotando en mi pecho. Parece, a decir verdad, una curiosa variación del cuento de Poe. Creo que está buscando en las alacenas. ¿Tarda o me parece que tarda? No sé hace cuánto que empezó esto. Finalmente aparece con un vaso, siento que es un vaso: está frío. Mete algo en mi boca, quiero creer que es la pastilla. Trago. El gusto es espantoso. Fuerte y amargo. Creo que me dio fernet solo, la reina de las infradotadas. Ahora sólo tengo que esperar que haga efecto. Supongo que no habrá mala interacción con el Viagra, pero a esta altura no tengo muchas opciones: es esto o hablar con un médico. Y no hay médicos a la vista. Ella gesticula frente a mí. Con el pasar de los segundos o minutos, no sabría precisarlo, el malestar empieza a ceder pero sólo para dejar su lugar a un fuerte dolor en el estómago. No puede ser todavía la pastilla: no hubo tiempo. Comienzo a recuperar mi vista y mi audición. Ella, sin embargo, no estaba diciendo nada. Me mira fijo, casi con curiosidad. No entiendo su mirada. En la cocina, todas las alacenas están abiertas y las cosas desparramadas por ahí. Alcanzo a ver el veneno para ratas sobre la mesada.


Después de sacar plata del cajero, me subí a un taxi y le indiqué la dirección de mi casa.

Miré por la ventanilla y vi la calle retroceder instante a instante. El sol ya pegaba con fuerza y, si bien entraba viento, hacía bastante calor para la hora. Algo comenzó a inquietarme y prendí un cigarrillo. Como sucede a veces, las primeras pitadas me dieron algún bienestar, pero a los pocos minutos ya la inquietud había vuelto, y con más fuerza que antes. Me di cuenta de lo que me pasaba: necesitaba hablar. Y si bien en general evito hablar con los taxistas -luego se comportan como perros callejeros acariciados, es imposible deshacer el error-, de golpe me di cuenta de que esta vez yo era el que realmente necesitaba realizar un contacto. Pensé unos segundos un tema. Debía ser trivial, accesible, sin connotaciones políticas ni deportivas: la charla debía ser amigable. Volví a mirarlo. Parecía tener unos cincuenta años. Su pelo estaba totalmente canoso, pero su piel no muy avejentada todavía. Me decidí:

- Qué calor que va a hacer hoy.

En un primer momento, no pareció escucharme. Finalmente dijo:

- Sí, ¿no?

- ¡Claro! -exclamé, sumido en la felicidad de ver que el mundo me respondía de alguna manera- imaginate que si ahora está así...

El conductor esquivó un bache. Hubo un silencio que se me hizo eterno. Ya estábamos cruzando Medrano.

- Sí - dijo y continuó callado.

No pretendí más. Toda mi puta vida esquivando los diálogos con los tacheros y justo el día en que necesito que me hablen, me toca un autista. A medida que avanzábamos, empecé a darme cuenta de lo drogado que estaba. En general, la percepción del contraste entre las sensaciones dentro de los lugares diseñados para la perdición mental y el exterior -más si es de día- es un excelente medio para advertir la situación psicoquímica de uno. Realmente estaba muy arriba: si me iba a mi casa así, sólo iba a lograr estar dando vueltas entre la cama y el living por horas. De inmediato, le mandé un mensaje de texto a Noelia, preguntándole nuevamente por la dirección del bar al que estaban yendo. Por suerte, la respuesta no se hizo esperar. Informé a mi lacónico DeNiro el cambio de ruta y éste lo aceptó -junto a la consecuente y considerable disminución en la retribución- con un gruñido encantador. Llegamos en pocos minutos.

La puerta estaba cerrada y toqué timbre. Nadie atendía, pero pude escuchar música en el interior. Golpeé algunas veces las persianas del lugar. Al cabo de unos veinte minutos de alternar golpes en la puerta y llamados o mensajes de texto, alguien me vino a abrir. Era la mohicana. Tenía un vaso de cerveza en la mano. No me dijo ni hola, depositó el vaso en mi mano y esperó a que entrara.

Al introducirme en esa extraña cueva, me di cuenta de que alguna vez había estado ahí. No podía -ni puedo- estar seguro cuándo, pero era claro que yo conocía ese espacio. Noelia estaba sentada junto a la rubia, pero la esta última parecía ignorarla y hablaba con Runaway y su novia. Escuché que le decía pero entonces vos sí sos celosa. Darío se zambullía lentamente sobre la mohicana y, tuve la sensación, también había alguien más. Cuando me senté al lado de Noelia me preguntó si conocía algún puntero, porque ya no había más. La rubia giró y me miró: una sonrisa se dibujó sobre su rostro de ángel. Hay un poco más -anunció, con la parsimonia de quien se sabe dominante sobre los deseos ajenos. Todos en el bar se dieron vuelta -o eso me pareció. No pasó mucho hasta que ella peinaba una cuantas líneas, algo diminutas, sobre la mesa ratona del centro del lugar. Cada uno tomó lo suyo y de inmediato se produjo un silencio plagado de avidez. Sólo la música y las miradas sutilmente desesperadas. Noelia y Runaway empezaron a llamar por celular y el resto escuchaba las conversaciones, del mismo modo que -supongo- en la segunda guerra la gente escuchaba las noticias para saber si bombardearían o no su ciudad esa noche. Cada vez que los rostros de alguno de ellos se tensaba, todos los nuestros -poseídos de una admirable empatía- se tensaban coordinadamente. Ningún llamado parecía ser éxitoso.


- ¿Qué me diste? - digo cuando logro recuperar un poco del dominio de mi cuerpo. Ella me mira raro, desencajada. Se levanta, va hacia la cocina y trae un blister en la mano.

- Rivotril creo que es- afirma mientras me extiende el paquete de clonazepam. Lo agarro y lo tiro al piso. Ella pega un ligero saltito que, si no creyera que me acaba de envenenar, me daría mucha gracia. Sin embargo, un dolor tenso se apodera de mi estómago. Es como si se hubiera petrificado. Creo que me estoy retorciendo. Creo que le grito un por favor o algo así. No estoy seguro. El dolor sube por mi tórax hasta adueñarse de toda la parte superior de mi cuerpo. Quisiera gritar, pero en este momento todo lo que soy es un puro sufrimiento físico, un lento padecimiento que, estoy seguro, conduce a la muerte.


Noelia fue la primera en dejar de llamar. Guardó discretamente el teléfono en su cartera y fue hacia el baño, ignorando que la estábamos mirando todos con ojos suplicantes. Runaway estuvo algunos minutos más, pero ya nadie le prestaba atención. Darío besaba a la mohicana y la rubia me miraba como buscando una conversación, pero no se me ocurría nada para decirle. Pensé en el clima nuevamente, pero el vecino fracaso con el taxista me detuvo.

Al cabo de algunos minutos, Noelia volvió y empezó a hablar con mi compañera. Runway ya había abandonado la búsqueda y se arrojó sobre su novia. Si había alguien más antes, ya no estaba. Todas la parejas posibles se habían formado y yo quedé solo; pobre de mí. Miré mi celular y descubrí que, en algún momento reciente, había perdido la poca carga restante de batería y ni se dignaba a prenderse unos segundos para ver el mensaje de ese obvio alguien que -entre las once de la mañana y aquel momento particular- me habría mandado un mensaje en el cual ofertaba favores sexuales.

La mohicana dejó una cerveza más en la mesa y dijo que en cualquier momento llegaba la gente que debía limpiar el lugar. Apuramos los vasos y ya todos, menos yo por supuesto, se confundían con quienes les tocó en suerte. La única luz era la que se colaba en forma de línea a través de la ventana. Líneas amarillas, algo encandilantes, que iluminaban a través del aire del lugar el humo de los cigarrillos. Líneas que, de ningún modo, se podrían tomar.

Dejamos el bar junto con Runaway y su novia. Darío y la mohicana ni me saludaron. Agradecí que mis experiencias pasadas me hubieran enseñado que nunca hay que entregarse a la noche sin llevar por las dudas anteojos de sol. Alguien bromeó sobre ir a Kim y Novak y esperar a que abra de nuevo. Luego, un brusco saludo de la pareja Runaway y quedamos nosotros tres. Yo comenzaba a despedirme, cuando la Rubia me preguntó qué iba a hacer. No sé, ¿uds. qué hacen? Noelia me miró y sonrió, detrás de mi interlocutora. Yo creo que tenemos que ir a tu casa -sentenció esta última. Me sorprendí un poco y le mentí que no tenía más. No es para tomar -clamó para no dejar lugar a dudas. Noelia ya estaba parando un taxi.

En el vehículo, Noelia -con unos anteojos enormes y divinos- y quien había tomado el mando de la noche se besaban justo detrás del asiento del conductor. Yo lo miraba por el espejo, atento a sus reacciones. Pero el tipo ni bola, así que dejé de sentirme incómodo por la mano en mi entrepierna de la señorita que -entre Noelia y yo- se repartía generosamente. Mis nenes -decía cada tanto y yo entre tanto pensaba cómo iba a hacer para estar con ellas dos con lo duro que estaba. De cualquier modo la cosa parecía más que nada entre ellas, así que me dije a mí mismo que no tenía que preocuparme. El taxista siguió ignorándonos. No estábamos muy lejos de mi casa y llegamos bastante rápido. Le indiqué que nos dejara un poco antes, frente al almacen, porque yo no tenía cigarrillos.


Entramos y de golpe me pregunté qué pensaría la viejita, la misma a la cual periódicamente le compraba mis sachet de leche y panes. Eran las doce, Noelia y yo con los anteojos y arreglados, la Rubia con toda la pintura corrida y las pupilas enormes. Pedí mi paquete de cigarrillos y Noelia me preguntó si tenía cerveza. Como creía que no, pedimos una y la blonda ordenó una petaca de Whisky. Pedí una Coca-Cola para desentonar. La vieja nos examinaba como antropóloga, pero con una sabia cortesía que respeté enormemente.

- ¿Tenés forros? - me dijo al oído Noelia.

- Sí.

- ¿Cuántos?
- Una caja.
- Pedí dos más -ordenó. La miré algo sorprendido.
- ¿Quién te pensás que soy, querida?
- No boludo, ya sabés... -me clavó la mirada, buscando no tener que decir lo que iba a decir. Al entender que no tenía más remedio, indicó- cuando cambiás...

Entendí de inmediato. Pero pedirle dos cajas de forros a la vieja me parecía too much. A la vez, no podía decirles esto a las chicas pues, ¿qué clase de chongo era que me hacía el que me las iba a enfiestar a las dos y tenía vergüenza de comprar forros? Así que, despidiéndome para siempre de las sonrisas maternales que la viejita solía otorgarme, le señalé las cajitas colgadas del estante. Sacó una y, ya harto de mí mismo, dije no, dos. La anciana no modificó su imperturbabilidad inicial y nos cobró. Salimos.

Ya en mi casa, ellas se sentaron en el futón y cada una pidió su bebida. Yo, por mi parte, me hice un fernet. Mientras dejaba cada cosa en la mesa, la Rubia nos informó que le quedaba un poco más. Y yo, en una iluminación, recordé que una amigo visitador médico me había dejado un AlMáximo, marca competidora del Viagra. Les ofrecí. ¿Pero a nosotras nos hace algo? -preguntó Noelia. Sí, obvio, estimula la circulación en la zona adecuada -le respondió la rubiecita, que no dejaba de sorprenderme. Así que ella siguió preparando una rayas nada despreciables al tiempo que yo segmentaba la pastilla en tres. Me reservé el medio -la parte más gordita- para mí y repartí. Tomamos la pastilla y luego las últimas rayas. Fui al baño. Me quedé un rato, haciendo el mayor tiempo posible, porque sabía que eso tardaba unos buenos minutos en hacer efecto. Al volver ella ya se besaban. Fui para la cocina, me preparé otro fernet y fumé un cigarrillo.

Unos minutos más tarde volví al living y me senté en el sillón opuesto, mirándolas. La Rubia iba desnudando a Noelia con una velocidad no simétrica. Cuando ambas ya se había despojado de toda la parte superior de su vestimenta, la Rubia me reclamó. ¿Qué hacés ahí? Vení. Obedecí.


- ¿Querés que llame una ambulancia? - dice.

Todavía no puedo responder, pero el dolor cede para concentrarse nuevamente en mi estómago. Recupero lenta y algo dolorosamente el uso de mis músculos. ¿Será un proceso habitual antes de morir? -me pregunto. Entonces lo siento: es una náusea profunda, localizada, cristalina. Me levanto cómo puedo y llego al baño para depositar el contenido de esófago. Ella se acerca y, en lugar de ayudarme, cierra la puerta.

Un rato después, salgo con los ojos todavía llorosos. Miro, al pasar, que en la mesada de la cocina reposa el paquete de veneno: está cerrado, con el plástico que lo recubre íntragemente inmaculado.

Me dejo caer en el sillón. Nos quedamos callados un rato.

-Perdón que cerré -quiebra el silencio-, es que se me revolvía el estómago escuchándote.

La miro y pienso qué responderle, pero la verdad que ni me importa. Empezaba a quedarme dormido, por fin, pero ella dice:

- Cuando dije que éramos distintos quería decir que a ustedes al final sólo parecía importarles tener la anécdota de la fiestita -subraya con desprecio la palabra-. Yo te dije que...

- La verdad, no me interesa -la detengo. A esto sigue un silencio incómodo, pero ahora lo que más me preocupa es mi propio cuerpo. Cada instante, voy sintiendo que mejora. Ni la miro y busco un paquete de cigarrillos, aunque cuando lo encuentro pienso que quizás es mejor que todavía no fume.

- No, escuchame imbécil -insiste para mi sorpresa-: yo te dije que quería venir acá porque se te veía solo, estabas callado, y (obviamente me equivoqué) parecías muy vulnerable. Noelia también. Pero ya acá se pusieron en el típico personaje, parecían en una fiesta de disfraces: es tan claro que no son así y sin embargo no pudieron evitar entrar en la típica -agarra la botella de cerveza de la mesa y le da un trago del pico-. No sé, yo creo que con el sexo pasa algo en las personas. Odio que la gente lo use para poner más distancia. Estamos tan ciegos siempre que, no sé, a veces siento que sólo en el sexo nos vemos realmente...

- El sexo no es... -busco la palabra unos segundos- no es algo así como un braille que cancela la imposibilidad de acceder a la comprensión del otro, eso es una fantasía. Si en general la gente está ciega y no se comunica entre sí, eso sigue así en el diván, en el bondi y en la cama.

Se hace un breve silencio.

- No necesariamente -concluye con una seguridad que me perturba, pero ignoro por qué; ni ella ni yo parecemos querer agregar nada.


Al rato, le abro la puerta de calle y desaparece. Nunca más la vuelvo a cruzar por ningún bar de Palermo.

martes, marzo 10, 2009

Confesiones


Ante un Terranova que baja la mirada ruborizado, Pola -en un pronunciamiento sofisticadamente borgeano- le exhibe al público de Eterna Cadencia el tamaño de Su esperanza. Creemos, desde nuestra infinita humildad, que es un poco too much (los peritos fotográficos estiman treinta y cinco centímetros, tomando como referencia -en perspectiva- el ejemplar de Las Teorías Salvajes que reposa en la mesa). Terranova parece estar con nosotros.

lunes, marzo 02, 2009

Is a warm gun

Hoy, sólo por un día, todo está en su justo lugar -en una extraña armonía cósmica que me fascina: I. está casado y feliz con R, quien vale la pena (digo pena, porque es de discutidora... jeje) y sigue haciendo excelente música, como siempre quiso; P. es un éxito arrasador y su novela también; J. está genial, dejó su trabajo, anda con un señorito y se recupera felizmente de unos días de virus y esas cosas; cada uno de los integrantes de mi familia está milagrosamente contento, a su manera y en la medida de las posibilidades -escasas- que dicho grupo maneja; FR anda con un chico nuevo, con pilas para hacer sus cosas y muy centrada; FN decidió empezar a cambiar algunos elementos que no cerraban en su vida y lo celebro; Es y Ev siguen muy bien juntos, saliendo de un año dificilísimo y felices porque un amigo de ellos pelea éxitosamente una enfermedad bastante dura; FP es doctor hace unos meses ya y se lo ve cada día más maduro; H, mi amigazo, levanta luego de mucho tiempo de estar algo depre y, de paso, repunta su vieja rutina de playboy; A y V andan desaparecidos, pero siempre se las arreglan para que las cosas caminen; T se mudó acá a la vuelta y sigue con su brillante carrera; y yo, por primera vez en muchos años, logré relajar unos días mi cabeza y descansar. Por fin descansar.

Para que no digan que siempre ando deprimido.

martes, febrero 24, 2009

Email intrigante

Eramos 5 personas hablando en la cocina del hostel. Una alemana, una brasilera, un portugués, un chileno y yo. Durante casi media hora, el tema era qué actor de Hollywood era el más parecido a mí. El portugués, que debe tener más de 40 anios (no hay enie, después corregiré), insistía absurdamente en que me parezco a Gael García Bernal. Finalmente, logré desviar la conversación hacia temas menos avergonzantes.

Al día siguiente recibí este e-mail. Reparen por favor en la parte en negrita.

Hello Gael Garcia... Remember me? I really enjoyed talking that bit
with you about loneliness, but after that the girls came and we
couldn´t....You were dreaming this morning and I stood watching for a while:Do
you mind?I guess there was some erotic going on in your dream:::
Anyway, I
just wanted to put your email here because I could lose the small
paper...

I am leaving tonight to Paris.And
you? Where are you going tomorrow? we need
to change ideas books perspectives etc

hug

Todo bien, pero, cómo se dio cuenta de eso?

viernes, febrero 20, 2009

Reflexiones menores durante un viaje

- Es increíble la cantidad de veces que puedo perder y encontrar algo a lo largo de una única hora.

- Al cabo de unos días de estar solo en una ciudad ajena, como bien me señaló CF, uno empieza inevitablemente a hablar solo.

- Los argentinos que me encontré (los hay por todos lados, son como el mal) no creían que yo fuera argentino; los checos, por su parte, creen -con cierta verdad- que soy italiano; los italianos, por último, que soy judío. (Créditos aquí para Albert.)

- Un par de aparatos electrónicos y, la verdad, uno ni se da cuenta de que está en el culo del mundo (o, si se quiere, que está muy lejos del culo de mundo). Hasta recibo los mensaje de texto al celular.

- Llega un momento donde ya ni sé qué idioma estoy hablando (lo cual es bastante preciso: probablemente no esté hablando ninguno).

- La gente me mira demasiado. Juro que no es paranoia, se me quedan mirando. Debo estar haciendo algo extraño sin darme cuenta. Me siento un poco raro, la verdad.

- Odio la sensación de deber que a veces aparece en un viaje: aquel según el cual hay que conocer la mayor cantidad de cosas posibles de cada lugar.

- Creo que ya no hay duda: a pesar del tono de mi piel (por lo menos en comparación con los colores autóctonos), soy un ser de climas fríos.

- Es algo ripioso y, sin embargo, imposible de evitar: cuando uno viaja y conoce personas, lugares e historias, se da cuenta de lo estúpido de nuestras pequeñas mezquindades, de nuestras microguerras por un pedazo tan insignificante de cosa en los espacios de producción domésticos.

- No sé qué pensar de una cultura donde, aunque no venga ni un auto, la gente se detiene en las esquinas hasta que el semáforo de peatones cambie. Me fascina y horroriza a la vez.

- No puedo dejar de pensar en el tiempo.

viernes, febrero 13, 2009

Programación de emergencia por problemas técnicos

Si el hombre es el bicho que se manya [tropieza, vamos] dos veces la misma piedra, el Ludwig es el bicho que, además, la ama.
(De una entrada antiquísima.)

miércoles, enero 28, 2009

El braille y el cuerpo, parte II: behind the scenes

viernes, enero 23, 2009

El braille y el cuerpo (parte I)

- Ustedes son tan distintos a mí.

Termina la frase y me doy cuenta de que en su mirada operó un cambio. Hay un corrimiento sutil, casi imperceptible, de su foco hacia atrás de mis ojos, lo que produce un efecto de pérdida, de alejamiento. Los músculos de su cara se contrajeron. Me pregunto qué le estará pasando y busco a mi alrededor cigarrillos.

Unos segundos después, me dejo caer de la cama, acercándome un poco a ella. Ahora estoy relajado y fresco, pero agotado. Afuera hace muchísimo calor. Pienso en qué decirle. Vuelvo a mirarla y noto una ligera capa de humedad que deja su córnea más brillante. Al verlo, tengo la intención corporal de abrazarla, pero está lejos, más allá de dónde puedo moverme. Las palabras salen de mi boca sin pasar por mi cerebro:

- Che, pará: estás flasheando.

Ella no parece haberme escuchado. Está sentada contra la pared, a metro y medio de la cama. Me doy cuenta de que en algún momento se puso la bombacha. Busco con la mirada mi boxer, pero debe estar en la otra habitación. Hay un paquete de Gitanes Blondes en el piso. Me lo acerco con el pie y agradezco que haya un encendedor dentro. Prendo uno y le ofrezco. Al hacerlo, veo que la humedad en sus ojos ya está al borde de exceder lo que el grosor de sus párpados pueden soportar. Me acerco hasta ella, gateando. Alcanzo a pronunciar un che y tomo una actitud física extraña, como bordeándola pero sin tocarla.

- No entendés... - me dice.

Las lágrimas ya están cayendo. La abrazo, pero es incómodo: en realidad quiero que se vaya. Su cuerpo se entrega al abrazo y esconde su cara entre mi hombro y mi cuello, para someterse a su angustia. Siento las lágrimas caer por mi espalda mientras ella tiembla por intervalos. Muy despacio, me saco el forro y lo apoyo en el piso, contra la pared. Miro la cama. Noelia está totalmente dormida.

Casi doce horas antes, me encontré con Noelia en Niceto. El lugar estaba bastante vacío y la música era francamente peor de lo habitual -de mi viejo recuerdo acerca de qué era lo habitual. Al llegar y ver la cola que había en la puerta pensé en no entrar, pero mandé un mensaje y me respondió que fuera por la otra entrada y dijera que estaba en tal lista.
Noelia estaba con dos amigos, Darío y Julián. El primero hablaba con una chica, ejercitando su clásica pose: sonrisa autosuficiente, ojos entrecerrados y una sutil inclinación hacia el cuerpo de su interlocutora. Siempre logra darle a sus interacciones con mujeres un tinte de erotismo y seducción cinematográficos. Incluso entonces, cuando era claro que no podía tener deseos hacia esta persona. Dudé respecto de interrumpir y saludarlo, pero fue claro que era el mal menor -seguir de largo era demasiado. Luego de un extraño choque de hombros que se pretendió un abrazo, giré hacia su interlocutora y me presenté para saludarla. Ella, en respuesta, corrió la cara hacia atrás y lo miró a Darío en forma interrogativa. Me di vuelta y seguí, sin siquiera tratar de entender qué había sucedido.

Fuimos con Noelia a la barra y, al enterarme que la lata chica de Quilmes salía doce pesos, le informé que me quería ir lo antes posible. Ella me dijo que esperara: quería bailar un rato. Le pregunté si tenía algo mientras, porque me caía de sueño, pero no le quedaba. Había que hablar con Darío. Prendí un cigarrillo y me apoyé contra la pared, hasta que él apareciera.
Julián estaba más amigable de lo que lo recordaba, y cruzamos algunas palabras. Le fui adelantando que nos teníamos que ir pronto, que no podía ser que la cerveza estuviera tan cara. Carísima, me respondió finalmente y siguió bailando.
Cuando vi a Darío entrar en el salón, me separé un poco de la pared y fingí estar bailando yo también con un pequeño ir y venir de hombros. Se acercó y puso cara de qué onda. Sonreí en respuesta y él imitó mi baile mínimo, ambos observando a la la gente, como quien busca a alguien. Mirá, ahí está el aparato de Martín -dijo y vi, a unos metros, hablando con Noelia, al novio de mi ex. Solté un mirávos y decidí que ya no quería esperar más: si me tenía que quedar ahí, por lo menos quería tomar. ¿Vos tenés algo? Me miró a los ojos y me agarró del brazo, llevándome.

Ni bien entramos al baño él se metió en un box. Yo me quedé afuera, porque no quería que nos vieran entrar juntos, pero insistió y finalmente pasé y cerramos la puerta. Sacó de la billetera una bolsa transparente y rectangular, con un cierre hermético en un extremo, al estilo de las Ziploc. Lo primero que pensé al verla fue que era muy bonita, pero para tomar en un baño se pasaba de incómoda. Efectivamente, tardó dos o tres minutos tratando de juntar una montañita con su moneda de cincuenta centavos. Mientras, fui sacando mi tarjeta. Escuché a la gente hablar en el baño y volví a sentirme incómodo. Cuando ya guardaba la moneda y yo esperaba que me diera la bolsa, le pregunté si no prefería aguantarme afuera. Negó con la cabeza y, en lugar de pasarmela, empezó a intentar -con excesiva dificultad- que algo cayera en mi tarjeta, mientras me prevenía que tomara muy poco, porque era buenísima, de lo mejor que se consigue, Javier. Yo dejaba la tarjeta firme, sin decir nada, pero tratando de indicar que eso no me iba a hacer nada de nada. Logré algún incremento, todavía insuficiente, y tomé. Ambos miramos que no hubiera nada visible en la nariz del otro, y salimos.



- ¿Son novios ustedes? - me dice, separándose de mi cuerpo.

Tengo toda la espalda y el hombro mojados. Niego con la cabeza.

¿Por qué? -insiste.

Sus ojos son de un celeste cristalino, casi irreal: cuesta creer que esos ojos puedan ver. No sé, somos amigos -digo, sabiendo que eso no es una respuesta. Nuevamente, su actitud es la de una nena: por momentos, desde que la conocí hace algunas horas, le aparece esta extraña radiación en la mirada, una expresión entre curiosa e inocente. Su rostro es rosado y los labios ahora están un poco hinchados. Pienso que el abrazo funcionó a la perfección.

- ¿Hacen siempre esto?
- No -respondo-, siempre no.
- ¿Y vos por qué no tenés novia?
Me río; pero me doy cuenta de que, nuevamente, la situación va a terminar mal. Empiezo a preguntarme cómo echarla. Es realmente llamativo el hecho de que, incluso en situaciones en las cuales ya parece que todo es posible, hay ciertas cosas que no dejan de soprenderme. Miro la hora: son las tres de la tarde. Mientras voy construyendo mentalmente una frase que deje en claro que quiero dormir, caigo en que no sé su nombre.

Ella, ya desprendida de mí, mira alrededor. Empiezo a notar que los ojos se me cierran. Agarra un libro del estante. Veo que es Fragmentos... y de inmediato me pongo de mal humor: la elección no parece azarosa. Espero que no me pregunte nada. Sin embargo, en lugar de eso lo hojea y empieza a leer los primeros párrafos de la entrada La conversación. La escucho y, por primera vez, me parece que el libro es una estupidez: me encuentro creyendo exactamente lo opuesto que afirma cada oración. Odio que esté logrando que dirija mi irritación hacia el libro en lugar de ella. La interrumpo preguntándole si no quiere tomar algo. Un té quizás. Me dice que no y sigue leyendo, pero ya no en voz alta. Me paro y empiezo a salir del cuarto, aunque antes vuelvo a mirar hacia la cama, queriendo que Noelia se despierte y me ayude.

El living es literalmente un desastre. Ahora que la luz de la tarde entra por la ventana, veo los vidrios que no llegué a barrer del vaso roto. El futón está desplegado y cubre gran parte del espacio, por lo cual es más difícil moverme. Lo cierro y encuentro mi boxer debajo. Saco el escobillón del armario y barro los vidrios, que dejo apoyados junto al zócalo. Luego levanto algunos vasos, botellas y los envoltorios de los forros. Ella aparece en la puerta de la habitación y me sonríe nuevamente con ese gesto de inverosímil pureza. ¿Querés que te ayude? Le digo que no importa, que si quiere que siente en el futón. Agarra del piso su corpiño. Mientras, yo enjabono los vasos.

- ¿Vos te das cuenta lo lindo que sos?
Ni me doy vuelta. Es que estás drogada, le respondo. Se ríe. De verdad, me dice. Sé que tengo que decirle que ella también. Lo sé, pero a la vez estoy convencido de que no podría decírselo con un tono de voz aunque sea medianamente creíble .

- ¿Segura de que no querés tomar algo? Tengo café, maté, té -me doy vuelta y la miro: está jugando con su corpiño, enredándolo entre los dedos-, o también puede que haya quedado cerveza en esa botella.

Finalmente levanta la mirada.
- Me tomaría otro whisky.
- Ahí te doy, ¿con hielo, no?
Afirma con la cabeza, jugando de nuevo con el corpiño. Un rayo de luz cae justo en sus pies.

Agarro la cubetera del congelador y el vaso de whisky del secaplatos. El vaso está húmedo y caliente. Abro el bajomesada y saco un repasador limpio. Justo antes de cerrar la puerta, veo el paquete de veneno para ratas. Pienso, por un segundo, que no sería mala idea.

- ¿De qué te reís?
Me doy vuelta casi de un salto. Ella sigue anudando sus dedos entre los breteles, sin mirarme.
- ¿Yo me reí?
- Sí, salame.
Me quedo pensando. No recuerdo haberme reído y, con una extraña culpa, dudo si negárselo.
- Nada, me acordé de algo que pasó en Miloca -el bar donde la conocimos.
- Je -me dice-, ¿qué cosa?
- La secuencia de vos con el tipo ése, el pelado.
- Ah, cualquiera, ¿no?
- Bastante - le respondo y nos quedamos callados.


La situación en Niceto empezó a volverse algo inestable. Si bien, como advertí luego, era cierto lo que decía Darío acerca de las bondades de lo que tenía, eso no alcanzaba para pasarla bien. En un comienzo, me sentí muy pleno: estaba despierto, lúcido y con una saciedad muy poco usual cuando uno toma. Incluso, podría decir que estaba contento y relajado. Sin embargo, con el pasar de las horas, los cuatro empezamos a parecer suertes de autitos chocadores. Íbamos de un lugar a otro y, eventualmente, nos cruzábamos y cambiábamos un par de palabras. Pero nadie parecía estar pasándola ni remotamente bien. Cada tanto, Darío me acompañaba de nuevo al baño y repetíamos la ceremonia. En algún momento me di cuenta de que esa actitud sólo se manifestaba conmigo: incluso a un amigo de Julián le dieron la bolsa y se la llevó él solo al baño. Al ver esto, mi primera reacción fue de enojo. Sin embargo, después entendí que era mi oportunidad: me acerqué y le pregunté a Julián si no me la pasaba, fingiendo ignorar que él no la tenía. Me informó que su amigo ya venía y que cuando volviera me da la daban. Puestas así las cosas, era demasiado brusco que entonces me acompañara, dado que al otro, en mi propia cara, lo habían "dejado" ir solo. Cuando volvió, Julián le dijo que me la pasara. El tipo, alto y flaco, con rastas, me comentó algo sobre lo difícil que era tomar con ese packaging, con lo que no pude menos que acordar. Me la dio y fui al baño.
Al encerrarme en el box, saqué la billetera para agarrar la tarjeta. Sin embargo, detrás de la tarjeta apareció un ticket de supermercado. Y si bien yo sólo quería que me dieran la bolsa para poder tomar un buen pase, sin la tutela de alguno de estos dos sujetos, encontrar el ticket fue como una señal: doblé el papel y dejé caer bastante del contenido de la bolsa en él. Lo terminé de plegar y lo guardé en la billetera. Nunca iban a poder saber si había sido yo o el tipo alto. Además, ya venía pasando de mano en mano y era muy difícil que, en el estado en el que estábamos, alguien pudiera llevar un registro de la cantidad. Listo, ya tenía la independencia de mi noche asegurada. Tomé la ansiada porción que correspondía a mis necesidades y volví a la pista, donde ya hablaban de irnos, moción respecto de la cual me pronuncié a favor, como si no hubiera sido yo el que la había propuesto hacía ya dos horas.
Noelia y yo salimos a la puerta y nos sentamos. Diez minutos más tarde aparecían Darío y Julián y caminábamos hacia Levitar.

Le paso el whisky. Prendo un Marlboro y se lo doy. Prendo otro para mí.

- ¿Vos sos feliz siendo como sos, Javier? -me pregunta. De inmediato, siento un profundo arrepentimiento de no haber usado el veneno.

miércoles, enero 21, 2009

Violando todo lo que amamos, para vivir

Ya antes de cruzar el semáforo empiezo a darme cuenta de que en el control policial de la próxima cuadra me van a detener. Mientras sigue el rojo, acelero y desacelero porque el motor todavía está frío, y al hacerlo la luz del farol delantero aumenta y decrece de intensidad: casi una provocación. Estoy volviendo a mi casa y son las cuatro de la mañana. Al cambiar el semáforo y arrancar, el pelotudo me apunta con una linterna de mierda, que más que iluminar parece un farito que indica el camino hacia su mentada pelotudez. Me señalo el pecho, como preguntando si realmente soy yo el objeto de su ejercicio del malestar. Efectivamente. Paro y le digo ¿qué pasa? Incapaz de otra respuesta, me dice cédula verde, registro y seguro. Los busco. De dónde viene. Pienso en por qué le tengo que responder a esa pregunta. Estoy de mal humor y no tengo ganas de que me jodan. Pienso: que me metan en cana, que permitan que mi malestar se desarrolle del todo, que no quede en esa pusilánime irritación presente frente a cualquier estímulo que me alcanza. ¿Eh? -respondo mientras le doy los papeles. ¿De dónde vien... Lo interrumpo: ah, de lo de alguien. Me mira y no sabe qué decirme. Pienso que ya no debo verme como un pendejo, que algo es distinto a cuando me paraban antes. ¿Y ud. dónde vive.? Un poco cansado, empiezo a responder sin mirarlo: ¿Yo? En Bolívar y... Me detengo. No me sale el nombre de la otra calle. No digo nada más. El tipo se va. Al rato vuelve y me da los papeles. Arranco sin pronunciar otra palabra.

Cuando doblo por la 9 de julio, siento el olor de los árboles. Hacía mucho que no me detenía en ese olor. 9 de julio está repleta de árboles y, si bien paso por ahí todos los días, no lo había notado. Me doy cuenta, también, de que hay otra cosa extraña: todas las luces están rodeadas de un ligero halo, como si hubiera niebla. Esos halos se amplifican en el espacio de la avenida desierta que a esa hora se vuelve absurdamente inmenso. Por algún motivo pienso, una vez más, en la inutilidad de un cuerpo muerto. Es exactamente la misma inutilidad de una casa cuyo alquiler ha terminado o un ser que era usual y se torna repentinamente extraño. Todos se vuelven objetos, retratos de algo que fue asible y ahora es parte de la memoria, de lo que alguna vez cumplió una función en una película en la que ahora sólo son piezas para un efecto dramático acabado; elementos prescindibles de una trama que, siempre, se tuvo únicamente por objeto a sí misma. Sin entender del todo el motivo, el pensamiento me relaja y continúo atravesando los árboles y el olor, las luces y sus halos chorreantes, como si estuviera hipnotizado, como si no fuera yo el que los cruza si no éstos los que se alejaran hacia atrás.

Unas pocas cuadras después, al llegar al Obelisco, comienzo a sentirme irritado nuevamente.


lunes, enero 19, 2009

Cicatrices (II)

Sin embargo, no se trata simplemente de negar la presencia del malestar con el viejo y efectivo recurso de lo pasajero. No es que esté mal eso, por supuesto. Pero justamente, el asunto no es que el malestar no sea cierto, en un sentido de cierto que de momento sólo podría referirse a la experiencia de los fenómenos. Por otra parte, no es cuestión tampoco de enredarse en frases autoflagelantes como "y te ves ahora / centro del laberinto que tramaron tus pasos": no me refiero a zambullirse en el estiércol de la propia autocompasión -con independencia de que las causas de ésta se atribuyan al destino o a los propios actos (dos exageraciones muy usuales). Pero limitarse a olvidar el malestar -cosa digna del mayor de mis respetos, dada su utilidad- cancela un aspecto más que interesante de la cosa. Haber aprendido a esquivar lo hiriente puede hacernos súbitamente ignorantes de la potencialidad de la carne a abrirse en surcos, a ser objeto del filo: de darle existencia a lo filoso. Lo hiriente y lo herido no son más que una sola cosa. Y no es únicamente que ambas se impliquen y que, por eso, colapsen -carecerían de sentido de otro modo-, si no que lo más esencial de ese par, la función propia, aparece en su relación opositiva -y definitoria- con lo otro: el filo sólo es algo a partir de la existencia de la carne indemne, la carne útil, la carne en ejercicio pleno de sus fueros (inútilmente se repasaría un tajo ya terminado). Así, ser herido es constitutivo de lo que es potencialmente herible: no es una mera contingencia. De esta manera, la vulnerabilidad -la conciencia de la vulnerabilidad, de la esencial fragilidad de lo que existe- es un modo nada despreciable de recordar y experimentar de forma más plena qué y cómo es esa extraña cosa que se es.

jueves, enero 15, 2009

Un amigo

Cuando volvía de hacer unos trámites, vi un cartel en la calle. El cartel me hizo recordar mi sueño, que había sido borrado por el tronar del despertador y el acomodamiento a las demandas del trabajo.

Estaban I y su hermano; también sus padres. El sueño atravesaba la ciudad. El espacio no tenía las propiedades usuales del espacio: como corresponde a lo onírico y a las características que se le suelen predicar, sólo bastaba el deseo para obtener el acceso al sitio mentado. En algún momento del sueño, aparecía un viejito. Mi primera reacción era de una extrema inoperancia: su presencia me intimidaba. Por algún motivo, yo había sido designado como el encargado de pasearlo y ayudarlo. Creo que él estaba de viaje, que ya no vivía en el país.
A medida que las situaciones fueron sucediéndose, su actitud hacia mí cambió. Primero fue de distante y formal cortesía. Luego, cierto desdén. Finalmente, de algo de afecto, ese afecto ligeramente condescendiente que un anciano puede tener con un joven; por supuesto, esto no negaba la permanencia del desdén. Pero hubo un vínculo, algo que nos pertenecía sólo a él y a mí.

El viejo era gracioso y muy inteligente; agudo y ácido. Algo torpe en sus movimiento y modos de relacionarse con los otros; algo obvio, también. Era, además, muy repetitivo. Constantemente recitaba de memoria pasajes de poesías o cuentos. En mi incondicional admiración, sus virtudes me fascinaban y sus debilidades me enternecían. Con el pasar de las horas, descubrí también que era un ser de una tremenda, profundísima tristeza. Todo en él parecía obedecer a la conciencia de una pérdida irreparable, antiquísima y nunca del todo cicatrizada. Fue eso, más que nada, aquello que me hizo quererlo. En algún momento me llamó "amigo" (acaso porque quien está cerca de la muerte sabe que no posee el tiempo suficiente para someter a los otros a los exámenes usuales que se realizan para sentirse con el derecho de apodarlos así) pero yo no supe qué contestar. Me regaló y autografió un libro de su autoría, con un garabato absurdo en una hoja que nunca vio.

El cartel decía "espacio para transporte de no vidente", frente a la antigua biblioteca nacional.

lunes, enero 12, 2009

Charla


Algo como insomnio (pero no realmente: para ser franco me desperté muy tarde). Demasiado cansado para leer: el libro ahora está ahí, al lado, inútil. Podría charlar, muy lentamente pues mis pensamientos van cuesta arriba, pero la imagen lo dice todo. Así que escribo desde la cama. La gata se apoya sobre la salida de ventilación de la computadora.

Hay mosquitos.

El ejercicio mismo de la nada. Carnap estaba equivocado*.

Los pensamientos oscilan entre ciertos detalles respecto de mis vínculos con algunas personas (en particular, consideraciones acerca de posibles cegueras ante los estados ajenos que pude haber padecido en los últimos tiempos), la mudanza postergadísima de mis libros, la novela que nunca escribí (para bien de ella), dudas respecto de cómo se pintará el fibrofácil (¿fijador antes?), lo aburrido y productivo que es a la vez la vida sana y, por último, la contemplación de la hermosura de H, sazonada con un ronroneo que probablemente acabe por dormirme, como una canción de cuna felina.

* (Esto implica, por supuesto, un juicio de valor con consecuencias ontológicas respecto del agente que ejercita la nada.)

jueves, enero 08, 2009

Es que puedo soportar esta distancia

"No". Eso fue lo único que alguna vez quise con cierta convicción tatuarme. El sitio era mi muñeca. No estoy seguro por qué, pero cuando tengo que tomar una decisión, suelo bajar la mirada y hacerla reposar sobre mis manos. Quizás esto obedece a que pensar no es más que un modo interno de manipular el mundo; una manera silenciosa y quieta de probar nuevas ubicaciones para los objetos que nos rodean (los objetos no tienen por qué ser físicos -si es que la división significa algo en absoluto). La negativa grabada allí, entonces, me recordaría que suele ser mejor tomar distancia, observar, sopesar los elementos con menos impaciencia que aquella inconducente que suele adueñarse de mi mente y acciones. O, tal vez, simplemente que mi modo espontáneo de reaccionar es, por lo usual, inadecuado; así, ante la imposibilidad de ser otro, sólo me queda este artificio para llegar a resultados distintos y, en general, más gratos.

Como fuere, es claro que el no dista de ser algo en sí mismo. La negativa sólo adquiere sustancia en el marco de un diálogo (la cardinalidad del conjunto de los participantes es indistinta, gracias al recurso del soliloquio). Así, en circunstancias normales, la negativa es un modo de evitar cierta comunión; negar es alejarse de algo. Y en los últimos tiempos la idea de aquel tatuaje se ha desvanecido, se ha vuelto innecesaria: ejercito su dictamen sin necesidad de consultarlo en mi muñeca. Esto implica, por supuesto, que mantengo una saludable distancia. Hay algo de soledad en eso. Hay algo de aquello que alguna vez alguien -en esta misma ubicación virtual- definió como que me había convertido en un "discapacitado emocional" (el comentario fue piadosamente borrado en su momento).

Pero hay calma, mucha, exquisita calma.

miércoles, diciembre 24, 2008

Freud again

Ayer pensé una vez más en dejar de asistir a esas semanales reuniones del rito social más interesante que tenemos los argentinos: la terapia. Ignoro si su uso funcionará, pero hay algo que cada vez me hace más ruido. Me encuentro usualmente en la siguiente situación: ayudo al trabajador en cuestión a terminar sus frases, a cerrar sus ideas, a articular sus razonamientos; ignoro (con suma dificultad) sus pésimos usos del idioma; practico la condescendencia respecto de la grosería con la que se observan los bastidores del decorado teórico que sustenta su práctica (porque, claro, siempre me dicen que no vamos ahí a hacer filosofía, pero pareciera que en cambio nos sentamos en sus cubículos para resignarnos a absorber acríticamente una en particular); simulo aceptar esas pausas y esas vocales suspendidas que pronuncian en, por su parte, la simulación de estar pensando, cuando finalmente dicen exactamente lo que se suponía que iban a decir, como en una serie de Sony;para peor, por momentos me encuentro jugando a sumergirme en la construcción que ellos hacen de mi persona, sólo para no lastimar sus egos profesionales, para no hacerlos sentir tan estúpidos ante la ineficacia de sus doctrinas y prácticas (no hace falta señalar cuán estúpido me convierto al hacerlo).
Pero existe algo todavía más grave. En mis diferentes paseos por sus jaulas, en las diversas que se me han ofrecido por una módica suma de dinero, los relatos han variado tanto, las apreciaciones son tan disímiles, que me cuesta creer que todos ellos puedan tener razón. Un argumento similar usa Russell en Por qué no soy cristiano contra las religiones. Sin embargo, al igual que con la religiosidad, estos vicarios de la Higiene Mental indican que es mi falta de compromiso con la práctica lo que me lleva a dudar de la realidad de sus construcciones. Considero que ésta, del mismo modo que el recurso a la fé, es una pésima salida para el problema planteado. Bien podrían olvidarse de la realidad, acaso por aceptar la inaccesibilidad propia del ecosistema de ideas moderno, y apelar en cambio a la noción de eficacia. Habría entonces sólo ficciones útiles, mundos privados a escala erigidos para modelar el curso de los pensamientos de un modo más grato en quien los porta, y el problema mismo desaparecería. Creo que con algo de firmeza que esto resuelve el conflicto, pero resta una pequeña tensión: si esto es efectivamente así, ¿es necesario seguir hablando de esas cosas que sí fueron reales, con toda la tristeza que siguen produciéndome cada vez que se las nombra?

jueves, diciembre 11, 2008

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

Una pena. Quería lograr tener un mes con una cantidad de entradas decente. Quería que noviembre fuera ese mes. Pero no. Entre otros motivos, están los de la última entrada. Contrariamente a lo que muchos creen, los excesos no dan glamour ni creatividad. La verdad, lo vuelven a uno bastante estúpido. Y ya sería demasiado para este blog, al cual no le falta de ese condimento. Así que, amigos, ésta es la principal causa del silencio. Pero no me quejo: los excesos, si bien producen la mencionada estupidez, están -como dice el negro P.- "más buenos que comer con la mano".

[En otro orden de cosas, quiero pasar una felicitación y un chivo. Antes, tengo que decir que nunca terminé de entender por qué gente con talento se hacía mi amiga. Un caso saliente es la querida Pola, que acaba de editar su novela "Las teorías salvajes". La felicito por ello. Comprela rápido, que se agota y no va a poder cancherear con que tiene la primera edición.]

miércoles, noviembre 26, 2008

Otra sobre lo del yo

No es improbable que sea a causa del hecho de que acabo de mudarme solo una vez más (pero en condiciones totalmente novedosas). Quizá, el que el año se acabe. Estar soltero nuevamente. Tener más tiempo que el que solía tener años anteriores. La verdad, no me queda claro. Lo cierto es que hace semanas que no vuelvo sobrio a mi casa, que siempre hay algo para hacer (¿antes había y yo no lo sabía?), que las cosas más extrañas me suceden y que, a fin de cuentas, cada día me siento más un completo desconocido. Desde que el 18 de julio me subí a un avión que me tuvo en el aire por casi catorce horas, nada volvió a ser igual (incluso lo que se repite -y eso que es mucho lo que se repite); será el excesivo alcohol, pero ando sumido en un estado de confusión constante.

Y bueno, a disfrutarlo mientras dure.

miércoles, noviembre 19, 2008

Martín Ludwig, Superstar

Hoy fue un día largo. Pasó de todo. Rechacé una irresistible invitación a comer comida coreana sólo por el cansancio. De ahí, llegué a mi casa, muerto, a las 9 de la noche. Me puse a trabajar. A eso de las 10, vino FN (quien, me acabo de enterar, lee estas cositas) y, después de que yo terminara algunos temas de laburo, salimos. Fiesta de final de filmación. Franceses. Luego de algunos malosentendidos, llegamos al lugar, para advertir entonces que estaban filmando todavía. Una toma, dos, tres: decenas. Embole sideral. A medida que pasaban las horas y el alcohol, el clima se fue volviendo más afable. Conversación -a los susurros- que va, conversación que viene, trago, copa de champagne, y todos de golpe nos queríamos. Algo tarde, me doy por vencido. La filmación sigue y yo estoy molido. Me voy. En la escalera de salida, FN me grita: "Martin, Martin". Algo había sucedido, que tardé en entender. Vuelvo. Una copa de champagne aparece de las cenizas. Bla, bla, bla. La directora nos llama. Ustedes dos, al sillón. Se acerca, luego de nuestra debida obediencia. Empieza: que vos sos hermosa, divina, que vos esto y lo otro. Empiezo a temer que nos hagan coger en cámara. Pero no. Hablen, beban. Pum: soy actor. De golpe. Y yo, totalmente endivado, me dejo ser. Escuchamos las instrucciones y las acatamos. Acción y nosotros dos, tal como si la cámara fuera nuestro modo de vida. Cuatro o cinco tomas. Final. Todos nos dijeron, luego, que estuvimos perfectos, encantadores.

Por supuesto, jamás pregunté el nombre de la película.

Datos personales

Mi foto
Martín Ludwig
Ver todo mi perfil

Archivo del blog

Fans