"Sólo los superficiales no juzgan según las apariencias"

miércoles, octubre 26, 2011

Texto recuperado

Revisando mi computadora, encontré este texto de mediados del 2002.

Tengo miedo. Mi ojo derecho está cerrado, el izquierdo no. Veo la sombra de mi nariz que se alarga sobre la sábana. Estoy en posición fetal en la cama, sobre el brazo izquierdo. La cabeza entre las manos. Me duele la espalda y el estómago continúa haciendo ruido.

Una alarma suena a lo lejos desde hace media hora.

Hace mucho frío. Por la ventana pude ver, al mediodía, a la gente muy abrigada. No quise salir. La calefacción del departamento del piso de abajo mantiene mi casa caliente.

Hace tres días, hablaba con ella en el umbral de la casa de su amiga. No creo que nos hayamos entendido. Por lo demás, poco importa ahora.

A la tarde usé el último poco de café que tenía.

En una de las esquinas del techo, una araña de patas muy largas hizo su tela. Todavía no vi ningún insecto caer.

- Rompí la última escultura. No me gustaba
- Qué cagada – dije.
- Era horrible. Esa cara me miraba y me decía “no lo intentés más, no podés”.

- ¿Tenés hambre?
- Sí.

- ¿Hablaste con el médico?
- No, todavía no.
- Llamalo.

- Me voy a comer.

Me quedé ahí una hora más.


Mañana tengo que ir al trabajo. Espero que no me echen. Hace tres días que digo que estoy enfermo.

El sol empieza a pegar en la pared oeste de mi habitación a las 8 de la mañana. A eso de las 10 y media desaparece y reaparece a las tres en la pared este.

La araña está caminando por la tela. No alcanzo a ver si hay algún insecto, pero debe haber. Nunca la vi moverse tan apurada.

Se está haciendo de noche. Tengo sueño, ayer no dormí. Estuve releyendo una novela bastante aburrida. No sé por qué hice eso.


En el verano, salíamos todo el tiempo. Primero al bar, hablábamos durante horas: cinco o seis personas. Creía que no nos caíamos bien, sin embargo ahora los recuerdo y pienso que sí. Debe ser el tiempo. Después íbamos a bailar y nos tomábamos un par de éxtasis. En una de esas noches, hubo un golpe de estado.


Me duele la espalda. La alarma sigue sonando. Voy a intentar levantarme.

Pongo un compact. No soporto más ese otro sonido.

Abro la ducha y me baño. El agua caliente me relaja. Quizás pueda dormir después de esto.


Salgo de la ducha y el teléfono está sonando. Atiende el contestador. Escucho mi voz en la grabación y luego el beep. Da ocupado.


Miro la biblioteca. Hace mucho que no leo nada que me guste. No sé qué pasa. Tengo que pedir que me recomienden algún libro.

Abro un policial. Comienzo a leer. El libro tiene una dedicatoria de mi padre, fechada en mi cumpleaños de hace ocho años. Luego: Había estado tocando el piano en el bar de Rusty durante cuatro meses, más o menos, cuando conocí a Rima Marshall. Llegó al bar una noche atroz en que la lluvia se desplomaba sobre el techo de zinc y los truenos retumbaban a la distancia....Estaba tocando un nocturno de Chopin. Daba la espalda a la entrada. No la vi entrar.


La araña volvió a su lugar habitual.


Apago la luz. La brusca oscuridad proyecta un espacio enorme frente a mí. Recuerdo la última vez que alguien durmió acá. Yo no quería que se quedara, pero sentí que era demasiado violento impedirlo. A pesar de la oscuridad, me era posible ubicar los objetos en el volumen de la habitación: utilizaba su respiración como referencia.

Era tan extraño tener ese cuerpo ahí. Completamente desconocido.


- ¿Qué querés comer?
- No sé, cualquier cosa. ¿Tenés fideos arriba?
- Si querés te doy plata para comer algo acá en la esquina.

En cualquier momento iba a llover. Mirábamos hacia la calle.


- Tendrías que exponer.
- Puede ser.

- ¿Tenés un cigarrillo?

Alargó la mano y me dio el suyo. Luego sacó el paquete y prendió otro. Tenía una venda en el dedo índice. Me detuve un instante en los movimientos de su mano.


- Natalia está embarazada.
- Qué pelotuda – dije y me arrepentí al instante.

- ¿Seguís con hambre?
- Sí.

- ¿Te vas a Italia al final?
- Depende de si salen los papeles antes de que gaste toda la plata que me queda.
- Yo te presto si querés. Todavía no me echaron del laburo.


- Esperemos lo de los papeles.

Me dormí unos segundos. La oscuridad de la habitación ya no es tan profunda. En el techo, los faroles de la calle dibujan el contorno de las rejas del balcón. Dentro del sueño, ella se acercaba y me cincelaba. Yo no podía moverme. La alarma sigue sonando.


A principios del verano, nos deteníamos a ver los atardeceres durante una o dos horas, callados. Era una forma de soportar la resaca de esas noches de discotecas. En algún momento dejamos de hacerlo.


Fuimos a la plaza la noche del golpe de estado. Estuvimos unos minutos y comenzaron las corridas y los gases lacrimógenos. Luego, hasta una o dos horas después de haber salido el sol, escuchamos los breves pero repetidos enfrentamientos entre algunos manifestantes que quedaban y la policía. No pudimos dormir y hablamos sin pausa.


- ¿Qué tal la facultad?
- Dejé.
- ¿Por?

No contesté.

Escuchar esta música me entristece. Me siento idiota entristeciéndome todavía.

Por momentos, siento presencias en la casa. Pienso que el espacio tiene memoria.


- ¿Va a abortar?
- Calculo que sí.
- ¿No te dijo?

- Estaba muy mal. No dijo nada. Me contó y nada más.

Se me pasó el miedo. Pero el sueño me dejó inquieto.

Empezó a lloviznar.


- Che, tengo que subir.
- Bueno, nos vemos

Hacía rato que quería irme.

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